17 julio 2008

Lab


Llegó una tarde calurosa del mes de julio. Llevaba unas sandalias llenas de arena y por todo equipaje una bolsita de tela con restos de pan. Cansada, asustada y muy pequeña. Era toda ojos, negros, inmensos y asombrados. La llevamos a casa, y la pusimos en la ducha, ella se dejaba hacer con una especie de pasividad resignada. Al ver que el agua se perdía por el desagüe intentó retenerla con sus manos.

En el bolsillo, celosamente guardada, llevaba una carta. Era de su padre, nos saludaba y nos encomendaba a su hija a la vez que nos daba las gracias y nos rogaba que tuviésemos paciencia porque era una niña pequeña que no sabía nada. Junto con la carta venían unas fotos de toda la familia, allá en los Campamentos. La niña empezó a llorar, sus lágrimas nos conmovieron. Era un llanto sin gemidos, sin palabras, sólo lágrimas que fluían de aquellos ojos tan tristes y cansados. Mis hijas, sus hermanas, corrieron a rescatar viejos juguetes olvidados en el desván: muñecas, casitas, platos y tazas…La niña se puso en cuquillas casi sin atreverse a tocarlos.

Después la llevamos a la cama y estuve con su mano en la mía hasta que se durmió.

En pocos días aquella pequeña se adaptó y su inocencia y su alegría nos alegraron el verano a todos.

Se ponía detrás de las cortinas y jugaba a hacer el té. Recibía la lluvia con los brazos extendidos gritando al viento: ¡lluvia bonita! En la playa se llenaba las manos de arena y gritaba a todo el quisiera oírla el nombre de su país: “la Sáhara”. Recuerdo su primera frase en español: cabra loca, Fatma grande. También recuerdo sus risas la primera vez que se montó en un tiovivo, en las fiestas del pueblo, y su expresión cuando probó un helado de chocolate. Fue como redescubrir el mundo a través de sus ojos.

Llegó la hora de regresar, la despedimos entre sonrisas y abrazos que nos devolvió con una pregunta: ¿vais a venir a la Sáhara?

El resto del año hasta diciembre fue añoranza. En el mes doce fuimos nosotros los extranjeros en la Hamada. Compartimos cinco días con su familia que, a partir de entonces, ha sido también la nuestra.
Por aquella niña conocí al pueblo saharaui e hice mía su bandera. Porque ella es mi hija y yo soy su madre.
Ha crecido mucho y habla como una adulta:
- No importa lo lejos que vivamos, la distancia se siente en el corazón. Vosotros sois mi familia de España y siempre será así.

Se llama Lab Ahmed, es saharaui y vive refugiada en los Campamentos de Tinduf en Argelia.

Para los que esperan en la Hamada, el tiempo sólo camina y aún así siguen aguardando, con paciencia infinita, el día de la victoria final.

Antònia P.

Este artículo se ha publicado en la revista SHUKRAN, un número en el que hemos cometido el error de incluir un artículo de nuestra amiga
Conchi sin su firma. Ahora empiezo a pensar en la mejor manera de corregir este fallo.
La foto es obra de
Pep y aunque no pertenece a Lab, nos ha parecido oportuna.
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Actualización del 29 de julio
Este artículo aparece en el CANAL SOLIDARIO. Si quieres verlo, pincha aquí

4 comentarios:

Antònia P. dijo...

Shukran Fran.
Un abrazo

conxawah dijo...

Fran te dijimos lo de que iba sin firma pero de verdad que da igual. Los protagonistas son los saharauis y en este caso con nombres y apellidos: los activistas de derechos humanos. No pierdas ni medio segundo con el tema, de verdad, ¿eh?

Un abrazo fuerte

Anónimo dijo...

Es tan precioso este texto que resulta conmovedor y hasta se escapa una lágrima sin querer. Loli (de Zaragoza)

Merche Pallarés dijo...

¡ANTONIA es única! Qué mujer... El relato es, simplemente, PRECIOSO. Tambien se me han nublado los ojos... ¡Qué ganas tengo de conocerte, Antonia! Besotes, M.