21 octubre 2012

Chocolate con churros

Esta mañana he recordado otra mañana ya lejana. Según salía la masa de la churrera -rudimentaria pero eficaz- veía a mi madre, joven aún, que nos preparaba un desayuno de domingo que prometía ser delicioso. Luego, aquellos churros salieron proyectados hacía el techo desde la sartén, y mientras pingaban como estalactitas humeantes, Toño y yo nos partíamos de risa en la cama. Creo que al final no nos los comimos; sin embargo, aquella mañana fue una fiesta que hemos recordado infinidad de veces.
Los míos no han volado como metralla, pero han quedado cruditos por dentro. Parece ser que los churros tienen alguna pendencia oculta con los Campillos. Así que mi hija Ana me ha advertido que tengo que mejorar mucho. Aunque yo no estaba ahí en ese momento para escucharla, sino en otra casa y en otro tiempo, cuando todo estaba aún por estrenar para mí.