26 septiembre 2011

Se sentía realmente feliz

Se sentía realmente feliz porque había conseguido vencer su timidez para defender aquello en lo que creía profundamente. Aún recordaba nítidamente a aquel gordo colérico con aquel purazo que gritaba enfurecido:

- ¡Qué coño sabréis de toros! Si yo fuese animal elegiría ser toro sin dudarlo; al menos viviría cinco años de puta madre.

Pero le había aguantado aquella mirada desafiante y enfurecida con firmeza. Sin flaquear ni un instante, momentos antes de que aquellos "expertos" entrasen en la plaza para recrearse sádicamente con seis pobres animales inocentes. Y encima quieren llamarlo cultura. También se acordaba de Pedro. "El toro de lidia se extinguirá cuando desaparezcan las corridas", afirmaba nuestro Pedrito con vehemencia. Otro experto que tal baila. Y que escopeta al hombro recorría los campos detrás de las perdices ¿O eran las codornices? cada sábado por la mañana.

Y en ese momento, con la íntima satisfacción del deber cumplido, llegó a su portal. Mientras abría la puerta, al levantar la vista, vió la esquela. Un nombre que no conocía. Despues de una larga y penosa enfermedad... 48 años, muy jóven para morir, y qué curioso, aunque vivía -vivió, para ser más exactos- en su mismo rellano, no podía ponerle cara a ese nombre.

1 comentario:

Antònia Pons Valldosera dijo...

Un texto duro, sin duda. Una especie de caricatura de los "animalistas" que defienden a capa y espada los derechos de los animales mientras viven de espaldas a los sufrimientos de sus vecinos.
Me alegro profundamente de que en mi tierra se haya acabado esta fiesta que no me gusta, no entiendo y a la que no asistiría por nada del mundo aunque tampoco iría a ver un partido de fútbol aunque fuera un Madrid - Barça.
Sencillamente no me gusta. No sé verle el arte, ni el tronío ni nada de lo que aducen los taurinos. Considero que es una barbaridad, un arcaísmo y una salvajada.
Por otra parte tampoco comprendo a los que se preocupan por el transporte de los cerdos por si llegan estresados al matadero. Entre ambos extremos, en el punto medio creo que está la virtud.
La beligerancia del uno y del otro extremo me pilla lejos. Desde luego si nadie asistiera al espectáculo no habría necesidad de prohibirlo, aunque siempre quede la opción de ir a una comunidad vecina. No se puede tener todo. Si yo quiero ver ópera tengo que desplazarme hasta Barcelona y si quiero comprar en IKEA hasta Zaragoza que me pilla más cerca. Hasta para comprar zapatos tengo que desplazarme, en mi pueblo no quedan zapaterías :)
Un abrazo.