24 noviembre 2012

Disquisiciones de una mañana de sábado

En estos días se cumplen nueve años del comienzo de una andadura. Porque era finales de noviembre de 2003 cuando viajé a los campamentos de Tinduf por primera vez. Fue una experiencia apasionante. A mi regreso, decidí involucrarme en un proyecto que estaba más muerto que vivo. Y luego comenzó una época de vorágine: dos campañas de recogida de libros en español para fundar bibliotecas en los campamentos, la construcción de siete centros juveniles, el nacimiento de SHUKRAN... Por aquel entonces yo solo quería ver la labor de cooperación con un pueblo exiliado y me sentía moderadamente orgulloso de mi aportación. Y empecé a contarlo en este blog y allí donde tuve la más remota oportunidad.

Lamentablemente, no supimos, no quisimos, o no pudimos, construir una estructura donde las decisiones se tomasen de manera participativa y democrática. Nunca lo he contado antes y no lo voy a hacer ahora, pero la sensación de amargura y fracaso final llegó a ser tan agobiante que tuve que cambiar de aires para no asfixiarme.

Volví a Tinduf, ésta vez con mi hija María que por aquel entonces tenía doce añitos. Aquel viaje fue más traumático de lo que yo pude prever, pero tenía que hacerlo, no quedaba otra. Creí que era un tipo duro, pero ver con tus propios ojos que ese esfuerzo había sido prácticamente inútil me dejó ko.

Sin embargo, mi forma de ver las cosas había cambiado ya antes. Por cierto, cuando trato con personas maduras que afirman con orgullo que piensan exactamente igual que cuando tenían dieciséis años no me quedan más que dos opciones. O estoy ante un profeta, o ante un estúpido arrogante de tamaño folio que no ha aprendido absolutamente nada en tres décadas. Pero a lo que voy. En ese momento SHUKRAN ya había adquirido cierto peso específico y estaba lista para encarar nuevas líneas de crecimiento. Y en ello andamos.

¡Ah! y son muchas veces las que pienso que el mayor enemigo del pueblo saharaui son determinados saharauis. Pero esta es una historia muy compleja, un fangal en el que no quiero meterme, al menos en este momento.

¿Y a qué viene toda esta diatriba  sin sentido? No lo tengo muy claro. Tal vez quiera dejar... digamos... fe de vida; porque ayer, un amigo me envió un email en el que me confesaba "... hasta en estas circunstancias me siento tremendamente afortunado por cómo estoy respondiendo a la quimioterapia y esto me ayuda a tener más ánimo y confianza para salir de esto cuanto antes". Así que aquí estamos. Con muchas más canas, más escépticos; encarando una crisis que nos está dejando tiesos... pero vivos. Y siempre dispuestos a enviar un abrazo a quienes queremos.  

3 comentarios:

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Estamos vivos, querido amigo. Eso es lo importante. Y, en efecto, no somos los mismos que hace una década. Afortunamente.

Merche Pallarés dijo...

Sí, por lo menos estamos vivos aunque no sé si sería mejor estar muertos... (lo digo por mi, por supuesto). Besotes, M.

Antònia Pons Valldosera dijo...

No somos los mismos pero sentimos lo mismo.
Un abrazo,