Hace unos días, un comentarista del blog me afeaba esa actitud cínica que me provocaba una "pereza insufrible" para escribir sobre el Valle de los Caídos. He releído mi escrito, y creo que puede interpretarse de manera opuesta a su intención original. Así que me pongo manos a la obra; aún a riesgo de cometer el mismo error de nuevo.
Finalizada la guerra civil española, Franco decide construir un monumento para "perpetuar la memoria de los caídos en la gloriosa Cruzada". Aunque hay quienes pretenden que éste, el Valle, sea un "homenaje a todos los que murieron por una España mejor", esa supuesta intencionalidad está abocada al fracaso desde su inicio. No puede cumplir ese objetivo un monumento presidido, únicamente, por los símbolos de uno de los bandos enfrentados. Ni construido con el trabajo forzoso de los presos del bando derrotado.
Por estos motivos, jamás he visitado el Valle; y creo que jamás lo haré. En mi opinión, ese esperpento megalómano es el mejor exponente de esa España siniestra y cainita que aborrezco ¡Y mira que podemos ser siniestros cuando nos ponemos! ¡Y cainitas!
Y dicho todo lo anterior, me parece incalificable que un presidente electo, que ha desempeñado su cargo durante siete años largos, haya sido incapaz de encontrar una solución aceptable para el Valle (la eliminación de los símbolos franquistas, y la exhumación de los restos mortales que sean reclamados por los familiares que lo deseen para darles otra sepultura, por ejemplo), y ahora le pase la patata caliente a su sucesor. Ahora, precisamente ahora, cuando los españoles tenemos que encontrar soluciones para la crisis más severa de los últimos 70 años, no es el momento de enzarzarnos, una vez más, en disputas que solo contribuirían a debilitarnos. Si en tiempos de bonanza económica no hemos sido capaces de curar esa herida, hoy no haríamos más que emponzoñarla.
Comprendo los argumentos de quienes piden poco menos que la voladura del Valle. Afirman que en ningún país europeo existen monumentos erigidos en honor a Hitler y a Musolini. Pero olvidan -algunos intencionadamente- que Franco, a diferencia de los dos anteriores, murió en la cama, con todo "atado y bien atado". Su régimen no concluyó por la presión de los movimientos populares de protesta, ni por la intervención de un ejército extranjero de "liberación". Esta diferencia sustancial provoca sarpullidos en determinados sectores de nuestra sociedad ¡qué le vamos a hacer! ¡allá cada cual con sus miserias! Yo solo pido que no nos enreden a todos para que algunos se sientan más revolucionarios que el Che Guevara.
El Valle de los Caídos, desde mi punto de vista, es una vergüenza nacional que representa la incapacidad de los españoles para cerrar de manera digna la terrible herida de la guerra civil española. Hoy, más de setenta años después de aquella ignominia, podemos ir en procesión a orinar sobre los restos de Franco y, ya puestos, sobre los de José Antonio. Tengo la certeza de que esa explosión de ira colectiva contribuiría a calmar la conciencia de algunos. Yo, por mi parte, sentiría que todo aquel horror no habría servido para nada. Como tampoco serviría de nada convertirlo en un parque temático para contar a los escolares una historia que jamás ocurrió, pero que provocaría oleadas de placer en los antifranquistas "sobrevenidos".
El campo de concentración de Auschwitz puede ser visitado en la actualidad, y se conserva casi igual que cuando era una maquina de horror y exterminio. Quienes lo visitan, afirman que contemplar ese campo es un mazazo a sus conciencias. Tal vez sea positivo que el Valle quede tal cual está, como una verdadera lección de historia. Lamentablemente, para que esa lección sea efIcaz, habrá que haber leído un par de libros antes, y esa tarea sí que empieza a resultar insufrible para muchos jóvenes... y para algunos pedagogos.