Se sentía realmente feliz porque había conseguido vencer su timidez para defender aquello en lo que creía profundamente. Aún recordaba nítidamente a aquel gordo colérico con aquel purazo que gritaba enfurecido:
- ¡Qué coño sabréis de toros! Si yo fuese animal elegiría ser toro sin dudarlo; al menos viviría cinco años de puta madre.
Pero le había aguantado aquella mirada desafiante y enfurecida con firmeza. Sin flaquear ni un instante, momentos antes de que aquellos "expertos" entrasen en la plaza para recrearse sádicamente con seis pobres animales inocentes. Y encima quieren llamarlo cultura. También se acordaba de Pedro. "El toro de lidia se extinguirá cuando desaparezcan las corridas", afirmaba nuestro Pedrito con vehemencia. Otro experto que tal baila. Y que escopeta al hombro recorría los campos detrás de las perdices ¿O eran las codornices? cada sábado por la mañana.
Y en ese momento, con la íntima satisfacción del deber cumplido, llegó a su portal. Mientras abría la puerta, al levantar la vista, vió la esquela. Un nombre que no conocía. Despues de una larga y penosa enfermedad... 48 años, muy jóven para morir, y qué curioso, aunque vivía -vivió, para ser más exactos- en su mismo rellano, no podía ponerle cara a ese nombre.